Algunas conclusiones que saco mientras viajo en ómnibus



Ser anónimo es la mejor cualidad del universitario.

Es desesperante no poder huir del tiempo siendo éste un invento del ser humano.

Las lágrimas tardan en caer lo que alguien demora en preguntar cómo te sentís.

Una fotografía es un instante mágico plasmado en la eternidad.

Te clavan el visto y después el negro Ponte jura tecnología feliz.

Tengo tanta información metida en la cabeza que cuando la necesito, no la encuentro.

Una no puede andar por la vida comprándose corpiños sin probárselos.

Todos aman el verano pero después se quejan del calor, por lo tanto, la estación favorita mundialmente es la primavera aunque no se reconozca.

La cantidad salvaje de horas diarias que paso arriba del bondi, van a terminar de tararme.








Winter nights are longer


Hoy es uno de esos días invernales, fríos y grises en que las nubes bajas empañan el paisaje y las luces de los faroles parecen difuminadas al tomar contacto con la noche hostil.
La tristeza sobrevuela las calles amenazando con ingresar al recinto de los más débiles sólo para verlos llorar. Algunos, los menos, los más (¿cómo puedo saberlo?), aislados, desesperanzados, frustrados, abatidos, irritables,vencedores vencidos que ensayan para sostener la farsa en que se ven inmersosestancados, estacados . Cientos de dementores se alimentan del alma de quienes se dejan morir en un beso, el último, el más difícil de todos.
Otros, el resto, tal vez uno, el único, él, vos, yo, iluminan cada rincón para combatir la macabra canción de cuna que nos va durmiendo y arrastrando al corazón de julio. Hacer música, reír, escribir, teñirme el pelo y derramar las lágrimas que sean necesarias, son distintas maneras de alcanzar el mismo objetivo: alejarme de lo que me hace mal en un día de clima melancólico.
Me consuela saber que cada vencido es un luchador, porque nadie puede considerarse rendido verdaderamente si antes no dio batalla. 

Quizá todos somos un poco de ambos: el que huye y el que vuelve, el que evade y el que busca, el que llora y el que ríe, el que muere y el que vive.
Entonces está en cada uno beneficiar una u otra actitud. Eso me consuela un poco.
Eso me consuela, sí.








Accio aire fresco


Necesito a alguien distinto. Una persona diferente que me abrace sin hacer preguntas ni me hable de los mismos temas. Una sonrisa dibujada en un rostro desconocido que reduzca mis ganas de salir corriendo y no volver nunca más. Esa boca que elabore los más sofisticados discursos sin pronunciar el mínimo vocablo. La mirada que sepa transmitir paz incluso en las guerras más crueles. Manos que hagan música en cualquier superficie para agasajar mis oídos.

Busco una púa gastada en un bolsillo canchero, un libro viejo en una mesa de luz ordenada, una pulsera trenzada en una muñeca ancha, una televisión sintonizada en Warner Channel y un repartido subrayado que ha sido abandonado en algún rincón de una alegre habitación.

Ese lugar entre tus brazos, ese pedacito de tu vida que te seguís negando a compartir. Sería más fácil si supiera tu nombre. Ojalá estés ahí, en algún sitio al que me lleve la vida, para que efectivamente me veas con tus ojos serenos y te acerques a charlar sin mover los labios. Entonces sabré que al fin te encontré y todo el mal vivido habrá valido la pena.







El birrete negro


Un sonido. Ese sonido. Otra vez. La última de todas.
Me levanté rápidamente sin proferir las habituales quejas matutinas, con una sonrisa en los labios pero lágrimas en los ojos, pensando en lo extrañas que resultarían las vacaciones puente entre el liceo y la facultad.


Desde que nos propusimos fabricar los gorritos, el objetivo fue claro: queríamos lanzarlos al aire como hacen los bachilleres en las películas americanas.
Cuando finalmente decidimos hacerlos volar durante la ceremonia, en un apuro por llegar hasta donde estaban los padres de todos sacando fotos, trastabillé hacia mamá para entregarle la cámara y que se encargara del asunto fílmico. Tengo manía por registrar las situaciones en tiempo real en lugar de congelarlas eternamente. Se la di y entonces mis compañeros gritaron:
- ¡A la unaaaa!
- ¡Esperen, esperen!- me desesperé.
-¡A las doooos!
- ¡Esperen!¡No me da el tiempo! Tomá mamá, teneme la cámara, no importa.
Uno de los momentos más trascendentales de mi vida iba a ocurrir y no podía permitirme distracciones. Tenía que tirar el gorrito en el mismo instante que todos.
- ¡Y a las …
Me volteé de espaladas a los padres y de frente a mis compañeros de clase.
- … TRES!
Todo sucedió en cámara lenta.
Apenas di la media vuelta, lancé el birrete con todas mis fuerzas. Observé cómo se unía en el aire al resto de los gorritos, dibujando una enorme sonrisa en mi rostro e imaginando las caritas felices de los jóvenes que me rodeaban.
Éramos egresados.
Jamás voy a olvidar el instante mágico en que el gorrito de cartón salió despedido de mi mano llevándose consigo la etapa liceal, la adolescencia y hasta mi alma, para acercarla al cielo y mostrarle el mundo desde otra perspectiva. Una nueva. Esa vida universitaria de la cual dependería mi existencia de ahora en más y todas las sorpresas agradables y no tan gratas que lleva aparejada, como el inicio de la década de oro, donde se espera que tomes las decisiones más importantes de tu vida: estudio, trabajo, mudanza, pareja, familia. Un caos.
Cuando el birrete regresó de su travesía, sólo me devolvió una de las tres cosas que tomó prestadas durante su corto viaje. Pero no me importó. 
Las otras dos se hallaban donde debían estar: resguardadas en lo alto para ya no bajar.







Life is what happens to you while you're busy making other plans



Al pie de la escalera lo observaba en silencio, con la ausencia nerudiana del que calla ante lo que cree imposible, pero también del que otorga, del que acepta su condición sin ánimos de cambiarla. La mía era confusa, dentro de mí, fuera de él. Quizá estaba en el extremo opuesto, en la fase B de un plan que no se desarrollaría porque la vida es Carpediem y vos planificás todo, él decía. 
Me encantaba verlo caminar por la casa sin prisa y con calma, desnudo, sudado y luciendo una barba de tres días. Llevaba una sonrisa estampada en el rostro que aceleraba mis latidos cuando desde lejos, posaba sus ojos sobre los míos. 
Quería quedarme allí un rato, entre los silencios que él desdibujaba hablando de cualquier cosa y riendo de alguna otra, mientras ponía una de mis canciones preferidas, un poco a conciencia aunque con un dejo de coincidencia - multicausalidad, corregiría Weber. Tranquila me sentía, comenzaba a figurar en sus agitados días. "Estoy contigo" susurró unos minutos antes, besándome con sus palabras cuando más lo necesitaba. 
Y esa fue la última vez que lo vi.






99 días


Transcurrían los últimos días del año. Señora madre  y yo transitábamos una peatonal repleta de artesanías característicamente balnearias.
Fue amor a primera vista.
La estética, el grosor, la sencillez, la exaltación veraniega, ¡el precio!
Un cordón blanco adornado con canutillos de vivos colores y caracolitos dispuestos separadamente y algo dispersos. Era perfecta. Tanto como los días que viví junto a ella. Me acompañó gran parte del verano cuando mi mundo parecía solucionarse con el paso de las horas.
Cierto día la até entorno al tobillo como había hecho reiteradas ocasiones, con la excepción de que esta vez no pude sacármela más. Quedó abrazada a mi piel como un tatuaje, marcándola, apresándola.A partir de entonces comenzó a ensuciarse, desgarrarse, perder algunos canutillos.
Hasta que, de pronto, casi sin aviso, explotó en ese maldito abril. Desesperada traté de juntar los caracolitos ya desteñidos y recomponer el cordón. No estaba pronta para separarme de lo único que me aferraba a mi pequeña burbuja de paz.
Admito rápida rendición. Aquel lío de colores no tenía solución: acababa de reventar un puñado de recuerdos valiosos que difícilmente volverían a suceder. Al menos no en la brevedad. Y yo lo sabía, lo sabía.
Junté cada pieza y sin mirar demasiado para no entrar en crisis, me deshice del último canutillo y con él, de los ecos finales de una espontánea sonrisa que, desde hacía un tiempo, venía desdibujando.
Soltar y soplar también es aprender, aunque duela. 










Coche escuela: mantenga distancia


-¿Entonces es en serio? ¿No me querés ver más?
Hay que aprender, tengo que aprender a cerrar capítulos, dejar de escribir historias factibles de ser releidas y por tanto, revividas. Si tan sólo existiese la mínima posibilidad de que abandonara mi manía pseudo literaria al mar… Voy a morir morbosa: no concibo dejar de escribir catársicamente. Es la mejor manera de quitarse la mochila, quizá después de la música y sin dudas después del llanto. 
-Mejor me voy.
Di la media vuelta sin mirarlo y me dirigí hacia el norte para perderme entre las estrellas.
Me gustaría saber si esa noche me observaste caminar hasta que desaparecí de tu campo visual o te diste vuelta en seguida. También quisiera saber si giraste la cabeza una fracción de segundo mientras te dirigías al auto, porque yo no lo hice. Supongo que no te lo merecías. Hacerlo, es darle importancia a los asuntos, es no poder desprenderse de las situaciones, es esperar que pase algo más.
Y yo ya me cansé de esperar.