Él



Antesala primera: MAMUSHKA

En este mundo del lenguaje, según mi débil entender, la mayoría de las dimensiones son llevadas al campo semántico. Los significados están adheridos al habla y lengua.
Si lo pienso en términos teóricos, éste recuerdo podría esconderse perfectamente en una mamushka. 
Mi muñeca de cerámica, Anastasia, me contempla con sus ojos sin pestañas transportándome a la tierra de nadie, donde el bien colectivo existe y las promesas se cumplen: nuestra infancia. Tan adentro mío y parte de mi ser como la séptima hija. Como Él.
Entendiéndose por el término una unidad de significación desde el momento en que le adjudicamos un cuerpo, una mirada, esa sonrisa. Parte de mi mamushka en el mundo del lenguaje, en el todo. 
Él: cohesión de tipo referencial por pronombre personal.

Antesala segunda TIEMPO

Es factible y bastante lógico. Siquiera llevo dos décadas enteras de vida, así que mi Él de hoy es distinto al de ayer, y al de mañana. Cada amor es especial, algunos más intensos, divertidos, revoltosos o desafortunados que otros. 
Pero hay uno que es único. Hay uno que nunca se olvida. Hay uno que nos arranca sonrisas. Hay uno que merece ser llamado “Él” para toda la vida.

Ahora sí, el texto de hoy: PRIMER AMOR

-¿Jugás hoy?
-¿A qué hora?
-Seis.
Horas, días, años. 
Devorábamos cereales tirados en el sofá de casa mientras veíamos los Simpson. Ninguno de los dos entendíamos pero igual nos reíamos. Después nos retábamos en carreras de autitos.  Una vez me dijiste que podrías entrar a casa con los ojos cerrados y encontrar lo que necesitás. Entonces entendí cuánto te quería.
Horas charlando con mamá, partidos de fútbol con papá.  Nuestras madres bromeaban acerca de “las citas que planificábamos”. Llegábamos juntos a los cumpleaños.
Nos peleábamos a muerte por fútbol. Te gustaba jugar con mi primo a la pelota porque “yo invitaba muchas niñas al cumple y vos te aburrías con nosotras”. Vi nacer a tus hermanos y vos a las mías.
 Lloré escondida el día que nos tocaron clases distintas en el liceo, hasta que viniste a visitarme y entendí que la amistad supera cualquier formalidad. Jugábamos competencias secretas contra el resto del liceo a la salida. Teníamos que ser los primeros en alcanzar la ruta, sin contar a los que iban en bicicleta. Cuando estabas podrido de los líos en tu casa improvisábamos la mudanza. A vos te tocaba mi cuarto rosado, al cual pintarías de azul, y yo me quedaría con el blanco.
Te ayudé a elegirle nombre a la perrita y vos  hiciste de médico para mis pececitos, turnándonos para generar burbujas en pos de evitar su extinción a causa de un gigante corte de luz. Lloramos de risa el día que mamá se atrincheró por alerta roja y después cayeron dos gotas.
Me defendías siempre. Y yo a vos. Me daba gracia cuando te ponías a llorar de rabia con los cachetes colorados.Una vez mamá casi te mata cuando le hiciste dar terrible vuelta para llevarnos a un cumple porque había una cuadra oscura y otra llena de perros.
Sabía todo de vos, y vos lo conocías todo sobre mí porque somos amigos desde el jardín. Somos amigos desde los dos años.
Nadie me hizo sentir así en mi infancia. Una mezcla de hermano, primo, amigo, capaz un poco amigovio. Capaz, porque en esta época vos estabas de novio con mi amiga. A mí me gustaba Fede, no vos.

En fin, de chiquitos pasábamos uno metido en la casa del otro…hasta que la pubertad e inminente adolescencia complicaron las cosas.

Yo ya no te buscaba para jugar a los autitos, te buscaba porque me gustaban tus brazos masculinos, tu voz y tus labios. Te buscaba porque quería acariciarte el pelo y que me abrazaras. Te amaba como se ama a un hermano, te necesitaba como se necesita a un amigo y te deseaba como se desea a una pareja. Una mezcla rara que no supe manejar. Opté por sacarte de mi cabeza.  No obstante, nuestro reiterado contacto no ayudaba.
Cada vez que tenías un casting para publicidades venías corriendo a casa para contarnos. Todos te felicitábamos.
Seguíamos llegando juntos a los cumpleaños y hacíamos pareja de baile.
Era tu asesora de imagen. Cada mechón rubio ceniza de tu cabeza era acomodado por mis manos. Me indicabas cómo querías las patillas mientras coqueteaba con tus mejillas.  Siempre mostrabas la ropa que te comparabas pidiéndome opinión.
Odiaba que te gustaran las rubias. Qué bronca me daba. Venías y me contabas muchas cosas. Venías y yo te escuchaba. Hablábamos de besos y me celaste el primero. Después confesaste que te gustaba morder labios mientras yo fantaseaba con tu sabor. Apuesto a que tu boca sabe a naranja o limón.
Dejaste plantada a tu novia para quedarte conmigo, me prestabas tu buzo para que no pase frío. Yo clavaba mis pupilas en tu nuez de Adán  y vos en mi escote, pero un pacto silencioso nos permitió fingir que todo seguía igual a cuando éramos pequeños.
Conocés mi cara a las diez de la mañana y a las tres de la madrugada, mi cuerpo en camisón y en vestido de fiesta. Me arrastrabas hasta el banco de arena pegado a mi bikini para evitar que las olas cubran mi metro cincuenta y pico.
Quise hablar del tema. Te juro que lo intenté. Tenía miedo, terror de perderte para siempre. Entonces te mudaste, y te volviste a mudar, y te mudaste una vez más. 
Nunca perdimos el contacto, pero ya no es igual. Apenas te acordás de mi cumpleaños y cuando te dejo un mensaje en facebook por el tuyo clickeás “me gusta” para dar por finalizado el asunto. Sé que venís acá cada tanto, pocas veces a visitarme.  De todas formas, cada vez que te encuentro nos reímos tanto como antes. 
Tu buzo ya no tiene olor a naranja ni limón, sino a cuentos de hadas, sino a pretérito perfecto. El más pretérito de todos. Y el más perfecto también.





3 comentarios:

  1. Sublime! recuerdos que quedan en uno siempre siempre y de vez en cuándo, no sé sabe por que, salen de la oreja aflorando una sonrisa risueña.

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  2. Ok, créeme cuando te digo que me encanta como escribes; me encanta tu blog, aunque apenas lo conozca. Pero esta entrada... Wow... Es hermosa, en serio.

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