99 días


Transcurrían los últimos días del año. Señora madre  y yo transitábamos una peatonal repleta de artesanías característicamente balnearias.
Fue amor a primera vista.
La estética, el grosor, la sencillez, la exaltación veraniega, ¡el precio!
Un cordón blanco adornado con canutillos de vivos colores y caracolitos dispuestos separadamente y algo dispersos. Era perfecta. Tanto como los días que viví junto a ella. Me acompañó gran parte del verano cuando mi mundo parecía solucionarse con el paso de las horas.
Cierto día la até entorno al tobillo como había hecho reiteradas ocasiones, con la excepción de que esta vez no pude sacármela más. Quedó abrazada a mi piel como un tatuaje, marcándola, apresándola.A partir de entonces comenzó a ensuciarse, desgarrarse, perder algunos canutillos.
Hasta que, de pronto, casi sin aviso, explotó en ese maldito abril. Desesperada traté de juntar los caracolitos ya desteñidos y recomponer el cordón. No estaba pronta para separarme de lo único que me aferraba a mi pequeña burbuja de paz.
Admito rápida rendición. Aquel lío de colores no tenía solución: acababa de reventar un puñado de recuerdos valiosos que difícilmente volverían a suceder. Al menos no en la brevedad. Y yo lo sabía, lo sabía.
Junté cada pieza y sin mirar demasiado para no entrar en crisis, me deshice del último canutillo y con él, de los ecos finales de una espontánea sonrisa que, desde hacía un tiempo, venía desdibujando.
Soltar y soplar también es aprender, aunque duela. 










No hay comentarios:

Publicar un comentario