El birrete negro


Un sonido. Ese sonido. Otra vez. La última de todas.
Me levanté rápidamente sin proferir las habituales quejas matutinas, con una sonrisa en los labios pero lágrimas en los ojos, pensando en lo extrañas que resultarían las vacaciones puente entre el liceo y la facultad.


Desde que nos propusimos fabricar los gorritos, el objetivo fue claro: queríamos lanzarlos al aire como hacen los bachilleres en las películas americanas.
Cuando finalmente decidimos hacerlos volar durante la ceremonia, en un apuro por llegar hasta donde estaban los padres de todos sacando fotos, trastabillé hacia mamá para entregarle la cámara y que se encargara del asunto fílmico. Tengo manía por registrar las situaciones en tiempo real en lugar de congelarlas eternamente. Se la di y entonces mis compañeros gritaron:
- ¡A la unaaaa!
- ¡Esperen, esperen!- me desesperé.
-¡A las doooos!
- ¡Esperen!¡No me da el tiempo! Tomá mamá, teneme la cámara, no importa.
Uno de los momentos más trascendentales de mi vida iba a ocurrir y no podía permitirme distracciones. Tenía que tirar el gorrito en el mismo instante que todos.
- ¡Y a las …
Me volteé de espaladas a los padres y de frente a mis compañeros de clase.
- … TRES!
Todo sucedió en cámara lenta.
Apenas di la media vuelta, lancé el birrete con todas mis fuerzas. Observé cómo se unía en el aire al resto de los gorritos, dibujando una enorme sonrisa en mi rostro e imaginando las caritas felices de los jóvenes que me rodeaban.
Éramos egresados.
Jamás voy a olvidar el instante mágico en que el gorrito de cartón salió despedido de mi mano llevándose consigo la etapa liceal, la adolescencia y hasta mi alma, para acercarla al cielo y mostrarle el mundo desde otra perspectiva. Una nueva. Esa vida universitaria de la cual dependería mi existencia de ahora en más y todas las sorpresas agradables y no tan gratas que lleva aparejada, como el inicio de la década de oro, donde se espera que tomes las decisiones más importantes de tu vida: estudio, trabajo, mudanza, pareja, familia. Un caos.
Cuando el birrete regresó de su travesía, sólo me devolvió una de las tres cosas que tomó prestadas durante su corto viaje. Pero no me importó. 
Las otras dos se hallaban donde debían estar: resguardadas en lo alto para ya no bajar.







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